Venezuela y su particular infodemia
Foto: Hector Escandell

Venezuela y su particular infodemia

Por: Hector Escandell

En tiempos de pandemia, en días de oscuridad e incertidumbre, hay una emergencia tan importante como la atención de pacientes afectados por el coronavirus. El acceso a la información veraz y oportuna escasea. Tres conversaciones en la calle, con gente que sale de su cuarentena para buscar comida, hicieron que las alarmas de la emergencia informativa se encendieran en mi mente, y en mi teclado.

Periodista, retirado y no angustiado

Alfredo Sánchez trabajó más de media vida en varios diarios caraqueños. «Cuando había periódicos serios», dice mientras se levanta la bota del pantalón. Tiene 76 años y vive de la pensión. No tiene hijos y su novia de toda la vida se fue durante la crisis de 2016. «Unos sobrinos de ella vinieron y se la llevaron porque estaba flaquita, ese año fue duro».

Son las once de la mañana y el cielo caraqueño anuncia tempestad. Este hombre se rasca insistentemente la mascarilla -sucia y rota-, mientras vigila que nadie se le colee. Está en la fila de adultos mayores que buscan un plato de comida en la casa de las hermanas Siervas del Señor, en la esquina Altagracia de Caracas. «Yo como aquí el almuerzo, porque con lo que gano, si acaso para unos panes». Viene todos los días y «cuando la ventana de ahí -señalando la casa- no se abre, pues ese día no hay plato caliente». Se ríe, con tristeza, pero se ríe.

El señor Alfredo no tiene redes sociales, ni televisor. Tenía un radio y dice que con los bajones eléctricos se le quemó hace dos semanas.

  • ¿Y cómo se entera usted de la pandemia?, le pregunté.
  • ¿Lo del virus? Bueno, tú sabes que esas son cosas que pasan en este país. Por la casa pasa un camión con unas cornetas a cada rato. Pero yo no lo llamaría pandemia, porque eso es nada más aquí en Venezuela.

Alfredo comenzó a relacionarse con los medios cuando tenía quince años. Lo contrataron para que «cantara los titulares» en la avenida Urdaneta. «Donde ahora quedan los restos del Sambil». Se ríe, otra vez. Luego, «pasé a transcriptor de notas y después hice cursos y aprendí a escribir yo mismo». No fue a la universidad, pero aprendió el oficio en las salas de redacción. Rotó por varios medios. «Me buscaban porque también tenía buen ojo para las fotos».

A buen entendedor, pocas palabras. Sin televisor, sin internet ni radio. Este hombre, que siempre ríe, no tiene ni idea de que en el mundo hay más de tres millones de personas sufriendo por la COVID-19.

Hoy, la ventana de la caridad está de par en par, la fila avanza y los abuelos se llenan de una sonrisa cuando la monja les sirve en sus platos. Todos se sientan ahí, en los muritos y en la acera. No hay lavado de manos, lo que hay es hambre. Comen apurados.

Yo no veo eso hijo, eso es político

La segunda conversación la sostuve después de comprar empanadas en el bulevar Panteón. La señora Cristina vende cigarros. «Café no, porque la policía dice que ahí va el virus». Tiene 53 años y es de Bolívar. Vive con su hija y sus cuatro nietos, en San Agustín. La mascarilla de esta mujer está impecable. «Yo llego en la tardecita, la remojo con un poquito de cloro y la pongo atrás de la nevera para que se muera ese bicho». Suelta una carcajada. Si algo persiste en el venezolano es el sentido del humor.

Cristina dice que sabe lo básico sobre la pandemia. “En la tarde veo las cadenas y me entero de lo que dice Maduro”. Se refiere a los partes diarios que ofrece el gobierno sobre contagios y políticas de prevención. “Me da una risa es cuando empieza con lo del té. Yo creo que si ese virus se curara con té, no estuviera todo el mundo encerrado”. Reflexiona sobre la reiterada recomendación de infusiones aromáticas hechas por Nicolás Maduro.

Un comprador se acerca y le pide dos cigarros. Ella lo atiende y me sigue hablando. “Ese virus yo creo que lo echaron por ahí en China para que el mundo se paralizara, porque imagínate, ¿A quién le conviene estar sin trabajo y pasando necesidades?, pues a los que no trabajan. Pero una. Una tiene que salir, porque si no, no hay comida”.

Esta mujer representa, en buena medida, la actitud de las venezolanas ante la crisis. También se le aguó el guarapo cuando dijo: “¡Qué Dios nos ampare!, porque eso es mentira que en los hospitales nos van a salvar si nos enfermamos. ¿No viste lo que está pasando en Estados Unidos, en España y en Colombia? Ahí mismito”.

La señora Cristina es optimista, cree que la cuarentena podría evitar una tragedia, que los casos se multipliquen y terminemos todos con un respirador en la nariz. “Aquí en Caracas yo veo que la gente sale en la mañana, pero ya a las dos no queda nadie por las calles, eso es bueno”. Dice y pega un grito que rompe la charla, recitando todas las marcas que ofrece

¡Cigarrosss: …, cigarros…!

De ahora en adelante todo será diferente

El título anterior se corresponde a una de las frases más repetidas desde que comenzó la pandemia por el coronavirus. En este caso, también recoge la aspiración de Amalia Ríos, una cajera que me pidió distancia en la cola para comprar unos panes:

  • Guarde la distancia señor, por favor.

Estábamos por pagar en la avenida Baralt, le pedí disculpas y le busqué conversa. Bueno, ella siguió hablando.

  • ¿Usted no sabe que esa es la única forma de no contagiarnos, que hay que respetar los tres metros de distancia? En la farmacia donde yo trabajo es imposible que la gente no se pegue, me paso toda la tarde como una lora: guarden la distancia, sepárense, por favor, no se toquen.

Amalia vive en Catia y es aprendiz de farmacéutica. Tiene 24 años. “Ahorita estoy trabajando de cajera, porque no se pueden tener a todos los empleados. Mi jefa me dejó porque sé de farmacia y también manejo la caja”.

El punto de la panadería está lento y ella habla casi sin que yo le pregunte. Habla del coronavirus, es el monotema en las colas, en las casas, en las oficinas abiertas y en casi todos los lugares. La Organización Mundial de la Salud (OMS) alerta sobre la Infodemia, pero ni ella, ni yo, estamos conscientes de eso en plena fila para pagar el pan.  

“En la mañana, antes de abrir la farmacia lavamos todo con cloro: los estantes, el piso, los frascos, las sillas, todo. A mitad de mañana se pasa un coleto, en la tarde igual. Si hubiese más guantes, nos cambiaríamos tres o cuatro veces al día, pero no hay muchos”. Relata sobre las medidas preventivas que aplican en su trabajo.

  • ¿En la casa también limpias todo? – le pregunté asombrado por la disciplina que manifiesta.
  • ¡Claro! – respondió sin titubear.

“En lo que llego, me quito la ropa y la meto en una bolsa; la lavara, pero casi nunca hay agua. Los zapatos los limpio con agua y cloro. Y me baño, con tobito, pero me baño”. Dice y se ríe. Esta mujer, también se ríe.

  • ¿Cómo te informas de lo que está pasando? – le pregunté cuando ya era mi turno de pagar.
  • Por las redes, en el Twitter está todo – alcancé a escuchar.

La otra crisis informativa

La información veraz y oportuna escasea. Más que una afirmación temeraria, es una evidencia de las conversaciones anteriores, de cómo están actuando los venezolanos de distintas generaciones. La duda y la mofa hacia las informaciones oficiales demuestran la poca credibilidad de las “autoridades”. La peligrosa indiferencia de quienes no miran la tele, ni escuchan la radio, nos muestran una versión crítica del acceso real que tiene un sector a la información. También se caen de maduros los hiperinformados, los que creen y confían ciegamente en las redes sociales, los que sin querer queriendo, son presas de la infodemia.

La OMS lo alertó en febrero de 2020, “hagamosfrentea lainfodemia”. Decía una declaración que emitió la organización para alertar sobre la abundancia de información falsa o tergiversada que circulaba sobre el coronavirus. El primer y último caso de esta crónica, el del señor Alfredo y el de la joven Amalia, son muestra de la otra emergencia venezolana. La crisis informativa. Uno que no sabe nada y la otra que se las sabe todas más una, porque “en Twitter está todo”.

La infodemia, aunque es una palabra que aún no registra la Real Academia de la Lengua Española, se ha convertido en una heramienta para no pocos gobiernos y Estados del mundo, especialmente para el ya cuestionado gobierno bolivariano. ¿Quién puede decir hoy que confía plenamente en las estadísticas que ofrecen Nicolás Maduro, Delcy y Jorge Rodríguez?, ¿a quién no le salpica la duda?

En este país, en condiciones normales, según la encuestadora Delphos, en marzo de 2019, 58,2 % de los consultados aseguraba informarse a través de la televisión, ¿de qué se puede informar alguien mirando la tv nacional?; 7,0 % lo hacía por medio de la radio. Las redes sociales y los medios digitales –todos juntos- sumaban 27,9 %, pero ¿y si no hay internet? Es un secreto a voces que la conectividad en Venezuela es precaria, de las más lentas del mundo, menos de 2 megas por segundo en promedio, según la investigación “Navegación a la mínima expresión”, realizada por el Instituto de Prensa y Sociedad (Ipys) en 2018.

En Venezuela, a diferencia de otros países de la región, los datos sobre la COVID-19 son de uso exclusivo de los representantes del poder Ejecutivo, no hay juntas médicas ni médicos autorizados para hablar. Aquí los periodistas que no repitan exactamente igual -como loros-, sobre los casos sospechosos y confirmados, pueden ir a la cárcel. La infodemia juega a favor del autoritarismo.

En la mayoría de los países europeos y en Norteamérica, existen portales web que le permiten a la ciudadanía seguir en tiempo real la evolución de la pandemia, para que hagan conciencia del contexto, de los riesgos y las oportunidades, en fin, para que puedan tomar las mejores decisiones.

Según la RAE, el término que justifica este relato no existe, pero según la OMS, se refiere a la palabra de origen inglés Infodemic, que se utiliza para hacer referencia a una sobreabundancia de información (alguna rigurosa y otra no) que hace que para las personas sea difícil encontrar recursos fidedignos y una guía de confianza cuando la necesitan.

Confianza, ahí pareciera estar la clave: Alfredo confía en su experiencia para ser incrédulo, Cristina en Dios para que nos ampare y Amalia en las redes sociales para que no la desamparen.