Venezuela, un fraude histórico de grandes titulares

Venezuela, un fraude histórico de grandes titulares

OMAR LUGO

Acaso una de las deudas históricas más grandes que tendrá que pagar el periodismo un día, será explicar cómo se gestó y creció en Venezuela la más grande tragedia económica y social sufrida por un país americano en tiempos de paz, y en ausencia de terremotos o huracanes.

Hoy están de moda en el mundo las discusiones académicas y empíricas acerca de cómo funcionan las informaciones falsas o prefabricadas y el uso de las tecnologías de la información para crear realidades paralelas y manipular sociedades enteras.

Pero en Venezuela todas esas prácticas tienen tiempo coexistiendo mucho antes de ser estudiadas, aunque nuevos métodos se suceden al ritmo de la tecnología, las innovaciones y la consolidación del autoritarismo.

Por aquí, el término “fake news” no alcanza para describir un fenómeno de dominación política tan ramificado y complejo que es difícil retratarlo en toda su dimensión.

El de esta ex potencia petrolera es un proceso de deterioro acumulado que comenzó hace 20 años, de la mano un militar carismático y dicharachero, él mismo un animal político, que fue capaz de sumir a una sociedad entera en un gran fraude histórico, construido en torno a su figura mediática y su discurso incendiario.

En estos tiempos de finales de la década, Venezuela recoge una cosecha estéril que le ha hecho retroceder en términos de desarrollo económico y social, en medio de un estado de emergencia humanitaria.

La economía se ha encogido en torno a 70% en tan solo seis años; la vasta mayoría de la población vive en condiciones de pobreza y buena parte en pobreza extrema; la infraestructura de las industrias pesadas de Guayana fue desmantelada y quebrada; Petróleos de Venezuela, está arruinada.

La República y Pdvsa vieron multiplicarse una deuda externa hoy morosa, y el país tiene cerradas todas las líneas externas de financiamiento en los mercados globales y en la mayoría de las democracias occidentales.

En términos de calidad de vida, hay acumulado un enorme déficit de generación y distribución de electricidad, que apenas es atenuado por la propia parálisis de la economía y por la diáspora de más de cuatro millones de personas y la consecuente disminución de la demanda de energía.

El racionamiento de agua, luz, gas natural, diesel y gasolina es asunto cotidiano en ciudades y pueblos; la industria privada trabaja en promedio a cerca del 20% de su capacidad instalada; han cerrado miles de comercios y pequeñas empresas; la educación y la sanidad pública han caído a insostenibles niveles de mediocridad e ineficiencia; la desnutrición infantil es un problema de salud pública.

En los hospitales mueren a diario pacientes por falta de medicinas y equipos de atención más que por las propias enfermedades; el salario mínimo (recién elevado a 15 dólares por mes) perdió toda su función y con él la prestaciones sociales de los trabajadores. Además, los desastres ambientales y ecológicos son notorios por todo el país.

Todas las pinceladas de este cuadro pueden ser verificables y comprobables. Es una tragedia reseñada cada día por los pocos medios de comunicación libres que persisten en el país; y los hechos son documentados minuciosamente por organizaciones no gubernamentales y por activistas desde varios frentes.

Aun así, esta realidad es tercamente negada por el chavismo en foros e internacionales. Dentro del país la hegemonía comunicacional impuesta por el régimen ha forjado una realidad paralela, o en último caso la propaganda oficial justifica algunos problemas en las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos en el último año y medio al impopular régimen de Nicolás Maduro por sus atentados contra la democracia.

Aquellos vientos

La tragedia en efecto se ha acelerado como un huracán furioso en los últimos meses, pero sus vientos comenzaron a silbar desde hace 20 años, junto con las primeras balas cruzadas en dos intentonas de golpes de Estado.

¿Cómo fue posible que esta desgracia se gestara de manera inadvertida por las vastas mayorías en la cuarta economía más poderosa de América latina?

Esta llegó a ser la única isla de democracia que sobrevivía en la América del Sur en los duros días de dictadoras militares que iban desde Colombia hasta Argentina; fue el país que en tiempo record derrotó enfermedades endémicas y epidémicas; con un sistema educativo público que fue modelo para planes de la ONU; que había desarrollado una red de carreteras, autopistas y calles de las más modernas de la región; que tenía una visión cosmopolita, como encrucijada de familias venidas de todo el mundo.

Estas verdades históricas por cierto han sido negadas por el chavismo, cuya implacable capacidad de transformar realidades y sembrar bulos ha sido uno de sus mayores éxitos estratégicos.

Había una vez un locuaz caudillo militar; había una sociedad suicida dispuesta a entregársele con las manos en alto, y un país rico en recursos naturales. Había también el discurso antisistema de ciertos intelectuales y medios de comunicación de la época, y una clase media dispuesta a dejarse seducir junto con las grandes multitudes de los más pobers.

Hubo una declaración de guerra y violencia que fue comprada por una cierta mayoría que eligió presidente al mismo hombre que a cañonazos había intentado apoderarse de los centros de poder pocos años antes.

En los últimos 20 años uno de los flancos más cruentos de esa guerra por desaparecer un Estado y construir otro con cenizas y escombros se libró en el frente el de los medios de comunicación tradicionales: fueron liquidados.

Su papel de intermediarios con la opinión pública fue confiscado por el mismo caudillo dinamitero que se convirtió en la voz cantante que imponía un discurso hegemónico y una realidad paralela. Esa exitosa estrategia, apenas cortada por la muerte, le permitió prolongarse en el poder y hasta dejar un heredero designado a dedo, al mejor estilo de las monarquías medievales.

Visto en retrospectiva, ese golpe a los medios de comunicación fue determinante en la construcción de una realidad paralela que apenas ahora es derrumbada bajo el peso de las evidencias.

En todos esos años los medios de comunicación estaban tan perdidos que en su mayoría solo se limitaban a reportar lo que estaba ocurriendo, sin reparar que estaban repitiendo como campanas los discursos de una banda destructora que estaba desmantelando al país.

Los teóricos de la comunicación y de la psicología social habrán de ahondar en estas explicaciones, pero debió haber una combinación de motivaciones individuales y colectivas para permitir este salto atrás histórico.

El periodismo fue deficiente para explicar lo que estaba ocurriendo y lo que podría ocurrir.

Y la gente común fue deficiente para detectar el engaño colectivo.

Esto recuerda los reproches que se le hicieron en Estados Unidos a la prensa económica especializada, cuando los medios fueron incapaces de advertir antes de 2008 la enorme crisis de las hipotecas que se avecinaba y que habría de barrer tanto fortunas corporativas enteras como los ahorros de pequeños granjeros de Kansas.

Solo que para los venezolanos la tragedia local es mucho peor que la crisis de las hipotecas que sacudió al sistema financiero mundial hace más de una década.

¿Por qué en general los medios venezolanos no fueron más allá del discurso? ¿Por qué hubo tanta superficialidad en la cobertura del proceso? ¿Por qué el país quedó en manos de la propaganda oficial?

¿Por qué hubo tanta gente que creyó tantas mentiras durante tanto tiempo?

“Es mucho menos probable que seamos críticos de información que confirma las creencias que ya tenemos. Y, como la sobrecarga de información agota nuestro cerebro, somos mucho más fáciles de influenciar”, resumen hoy la investigadora Claire Wardle sobre los aspectos sicológicos que alimentan la desinformación y las realidades paralelas en este mundo donde el término “fake news” se ha quedado pequeño.

Curiosamente, buena parte de los hallazgos de los estudiosos de la comunicación en estos tiempos de histeria en redes sociales, boots, “fake news” y realidades forjadas ayudan a entender en retrospectiva lo que ocurrió en Venezuela y lo que puede seguir ocurriendo.

Hoy hay evidencias de la existencia de frenéticos laboratorios de manipulación de información controlados por el chavismo, que se ceban en las redes sociales. También hay menos sofisticados métodos, de mentiras puras y duras que se diseminan cada día por señales radioeléctricas y en panfletos impresos.

En estos tiempos de autoritarismo expreso lo que no está claro es quienes son los cerebros detrás de todo esta estructura. En el pasado, el protagonismo lo tenía un solo hombre, vendedor de ilusiones y digresiones para un público cautivo y dócil, dispuesto siempre a creerle todo sin cuestionamientos.

Desandando caminos nos encontramos hoy con que ni medios ni periodistas, mucho menos audiencias, contrastaron anuncios, afirmaciones, datos, declaraciones.

En Venezuela todavía es común confundir declaraciones y anuncios con noticias y realidades.

Un paseo por titulares de los últimos años ayuda a verificar como en esta realidad paralela se sucedieron inversiones, obras, ejecuciones, proyectos que nunca pasaron del papel, pero fueron dados como ciertos a partir de sus solos anuncios.

El propio discurso del caudillo no aguanta hoy el ácido de las comprobaciones. Quien tenga el tiempo, la paciencia y los recursos puede probar que Chávez y el chavismo fueron un gigantesco fraude solamente contrastando con la realidad las palabras recopiladas aquí: https://chavezporsiempreiaepch.blogspot.com/p/18082012.html

El paracaidista atronador tuvo un primer impulso de medios tradicionales, incluso de El Nacional, entonces el periódico más influyente del país, cuyos propietarios pusieron cuatro ministros en el primer gabinete de los militares que llegaron al poder bajo camuflaje de demócratas civiles.

Después vino la consabida historia de fusilamiento sumario de medios, desde el canal RCTV, hasta circuitos radiales enteros; de diarios de la capital y del interior del país.

Más tarde se consolidó un nuevo ecosistema de medios públicos convertidos en perros falderos del caudillo, con dóciles imitadores de periodistas que narraban y repetían las proclamas oficiales.

Dicen que la mentira tiene patas cortas, pero el caso venezolano desdice el adagio: es una realidad forjada que dura dos décadas y que para pesar de los opositores todavía convence a cerca del 25% de la población a juzgar por las encuestas más recientes y la popularidad que mantiene el charlatán seis años después de muerto.

Una de las debilidades del movimiento opositor pro democracia es que no ha logrado arrastrar a las protestas a las grandes masas de los más pobres, a los habitantes de las barriadas caraqueñas. Sospechamos que el discurso populista está muy bien adherido en buena parte de esas conciencias. O quizá todo se reduzca al miedo.

El chavismo ha profesado la mentira como una forma esencial del ejercicio del poder.

Sus técnicas han sido variadas, pero una de ellas ha sido contundente y masiva: la desinformación. Entendida –según la definición actual de Claire Wardle en su “Glosario del desorden de la información”-, como una información falsa que es creada deliberadamente con el expreso propósito de hacer daño.

“Los productores de desinformación típicamente tienen motivaciones políticas, financieras, sicológicas o sociales”. https://firstdraftnews.org/wp-content/uploads/2018/07/infoDisorder_glossary.pdf?x88639

En el caso de estos charlatanes venezolanos, el propósito de hacer daño se extendió a todo el país, no solo a los rivales políticos, y arrasa generaciones enteras.

Y siguen usando el recurso de la manipulación para mantenerse en el poder, cada vez de formas más sofisticadas, usando las ventajas de la tecnología y las redes, en un país con el internet más lento de América y convertido en un archipiélago de desinformación y realidades fragmentadas.

“La burguesía venezolana, sus aliados internacionales no tienen límite, no tienen código, no tienen la más mínima noción del respeto a la moral del pueblo, a la moral de los trabajadores, no tienen límites a la hora de tratar de manipular la opinión pública, de mentir de manera descarada”, esto lo dijo Hugo Chávez, el 31 de agosto de 2012, en uno de sus últimos discursos en la campaña electoral que le pondría otra pala de tierra a la Venezuela posible.

Si uno le da vuelta a esa frase y cambia “el alto chavismo” por “burguesía venezolana”, la acusación encaja en un régimen que cada día insiste en mentir de manera descarada en su afán negacionista.

“A estas alturas, estamos de acuerdo con que el término “noticias falsas” no es útil. La razón por la que tenemos dificultades con un reemplazo es porque se trata de más que noticias, es todo el ecosistema completo de información. Y el término falso no llega a describir la complejidad de los diferentes tipos de información errónea (difusión involuntaria de información falsa) y la desinformación (creación y difusión deliberada de información que se sabe es falsa)”, señala la investigadora Claire Wardle, de First Draft, y sirve para explicarnos cómo la cosa es más todavía más compleja.

“Estamos en guerra. Una guerra de la información. Ciertamente deberíamos preocuparnos por las personas (incluidos periodistas) que difunden información errónea sin darse cuenta, pero mucho más preocupantes son las campañas sistemáticas de difusión de información que se sabe es falsa”, agrega en un ensayo.

Una muestra actual de esta tesis la vemos hoy en la página del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) del chavismo, donde un pretendido informe usa cifras y afirmaciones para pretender decir que lo negro es blanco. A pocos periodistas profesionales se les ocurriría convertir ese informe en “noticia” sin antes al menos tener una entrevista con sus creadores para que lo expliquen.

“Para el 2025 muchas familias habrán salido de la pobreza extrema estructural, lo que se traduce en población con mejor calidad de vida”, dice el “informe”.

“El Coeficiente Gini (Índice de Desigualdad), será de 0,260. El Índice de Desarrollo Humano (IDH) pasará de 0,75 (valor actual) a 0,85, ubicándonos en el grupo de países con Desarrollo Humano Alto”.

“Cerca de 3 millones de jóvenes se encontrarán en trabajos dignos, reduciendo el desempleo juvenil entre 6,5% y 7,5%”.

“Cinco millones de viviendas construidas por la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV), lo que permitirá contar con el 40% de urbanización del país mediante la GMVV”.

Esta sartada de imposibles no es más que un pequeño ejemplo de una práctica sistemática ejecutada durante años desde la entrañas del chavismo.

“Una nueva forma de manipulación de la información se está desarrollando ante nuestros ojos. Es una cuestión política. Es global. Y es de naturaleza populista. Los medios de comunicación están siendo tocados como un violín, mientras que las redes descentralizadas de personas están aprovechando las herramientas en red en constante evolución a su alrededor para hackear la atención en la economía”, dice la investigadora Danah Boyd, en “Hacking the Attention Economy”, un artículo que nos sirve al pelo.

La técnica de mentir usa afirmaciones reales combinadas con datos forjados para construir su discurso dudoso:

“El Coeficiente de Gini es una medida de la desigualdad ideada por el estadístico italiano Corrado Gini. Normalmente se utiliza para medir la desigualdad en los ingresos, dentro de un país, pero puede utilizarse para medir cualquier forma de distribución desigual.

Mide la desigualdad de la distribución del ingreso de los hogares. Un Gini próximo al valor “0” significa una distribución igualitaria del ingreso, y un valor próximo a “1” significa una distribución muy desigual.

“Los valores más altos de este indicador se ubican en los años 2002 y 2003; como consecuencia del Sabotaje Petrolero en diciembre (2002) y enero (2003). Al comparar el inicio y final de la serie, se tiene una disminución de 0,092, ubicando a Venezuela como uno de los países menos desiguales en América Latina y el Caribe”.

Pero no explica cómo es posible que hubiera reducido la desigualdad y elevado la calidad de vida en este país arrasado por malas gestiones de políticas públicas con efectos equivalentes a los de un terremoto.

Ninguna de esas afirmaciones del INE aguanta el ácido de un análisis documentado.

El gobierno dice que entre 2013 y 2018 la pobreza extrema cayó desde 5,5% de los hogares del país hasta 4,3% y que en 20 años más de 500 mil personas salieron de la pobreza extrema.

En números absolutos la cifra oficial indica que hay 1,756 millones de venezolanos en condiciones de pobreza extrema y siete millones en condiciones de pobreza.

Pero, ¿cómo pudo reducirse la pobreza en cinco años si durante ese mismo período la economía del país ha encogido tanto hasta igualarse por ejemplo a la de la pequeña República Dominicana; las importaciones han caído en 70% respecto a 2012 y el fenómeno del hambre se manifiesta en hogares y calles de todo el país?

Las definiciones de los teóricos y estudiosos de la comunicación en torno a los nuevos desafíos del periodismo en tiempos de “Desorden de la información” reflejan realidades distintas a las de Venezuela porque se ajustan a sociedades con prensa libre, o más o menos libre; con instituciones sólidas, separación de poderes y una opinión pública con más oportunidades de ser formada sobre la base del derecho a la información y a la educación.

En Venezuela, ya sabemos, no existen medios masivos de comunicación e información. La vanguardia noticiosa y en formación de opinión la llevan ciertos programas de radio constantemente amenazados de cierre, y un floreciente ecosistema de medios digitales cuyos comprometidos profesionales se enfrentan cada día a la precariedad tecnológica y financiera.

Wardle propone un nuevo marco conceptual para examinar el desorden de la información, en vista de que el término “fake news” se ha quedado corto y además es usado indistintamente por lo políticos para desacreditar y despachar informaciones que los perjudican.

▪ La sub información es cuando se comparte información falsa, pero no se pretende causar daño.

▪ La desinformación es cuando se comparte información falsa a sabiendas para causar daño.

▪ Mal-información es cuando se comparte información genuina para causar daño, a menudo moviendo a la esfera pública una información privada.

¿Pero como explicar una monumental mentira histórica usando estas plantillas?

El método posible para entenderlo trasciende las fronteras del periodismo y las ciencias de las comunicaciones para internarse en otras especialidades, desde la historia hasta la psicología social, la sociología y la psiquiatría, hasta la simple política.

Hugo Chávez dijo el 31 de agosto de 2012 en el ocaso de su vida y de su campaña electoral que su paso por la tierra completaría cinco grandes objetivos históricos: la independencia nacional, la construcción del socialismo, construir el país potencia dentro de la gran potencia suramericana, contribuir con el mundo pluripolar y contribuir a la salvación de la especie humana (por aquello de la ecología y el ambiente).

Dejando a un lado la megalomanía del personaje y las evidencias de que el chavismo no es capaz ni de recoger la basura en el centro de Caracas, mucho menos de salvar el planeta Tierra, hubo mucha gente que cree y busca todavía estas referencias.

O que atribuye lo que ocurre a hechos fuera de la cronología (los fomentadores de desinformación son especialistas en alterar el tiempo y el espacio).

“Llamo una vez más, a los sectores opositores a que salgan de ese estado mental y anímico que les ha llevado a buena parte de ellos a desconocer todo lo bueno que hay en esta tierra venezolana, les ha llevado a tener o a expresar una misión catastrófica como si Venezuela estuviera en una catástrofe, Venezuela no está en una ninguna catástrofe ¡esta Venezuela de hoy! ¡Es la mejor Venezuela que hemos tenido en 200 años!”.

Hoy, siete años después de esas palabras y de la muerte del caudillo, sobrevive gente empeñada en seguir creyendo eso, y en negar la realidad tangible. Y los herederos repiten este discurso.

Hay gente trabajando desde el alto gobierno y sus redes para aprovechar la adversidad y fingir que el modelo político socialista continuará contra viento y marea y que tienen fuerza para aplastar a los enemigos.

Quieren convencernos de que el país está normal, mientras cuadrillas de mal pagados obreros al servicio del Estado y con propaganda chavista son sacados a embellecer ciudades, y miles de familias agradecen las cajas de comida racionada por los agentes del partido.

“Actualmente en Venezuela las noticias falsas de contenido seudoperiodistico son constantes con ánimo de crear una sensación de bienestar que no existe”, señala un empresario del sector de los alimentos en obvia condición de anonimato.

“A nivel de las empresas que aún luchan por permanecer activas, las fake news son para las gerencias otro elemento más contra el cual deben luchar, ya que la actividad y/o las marcas sufren con la desinformación o información falsa, obligando al gerente a enfrentar no sólo la pésima y maliciosa estrategia gubernamental, sino también a preservar el valor”, agrega.

Cada día el discurso oficialista logra oxigenar el mito de que los empresarios, comerciantes formales, los intermediarios en el mercado negro y oscuros agentes al servicio del imperialismo son los responsables de la tragedia nacional.

Los mensajes de enojo son más persuasivos para las audiencias enojadas, señalan los expertos en psicología social.

“Una nueva forma de manipulación de la información se está desarrollando ante nuestros ojos. Es una cuestión política. Es global. Y es de naturaleza populista. Los medios de comunicación están siendo tocados como un violín, mientras que las redes descentralizadas de personas están aprovechando las herramientas en red en constante evolución a su alrededor para hackear la economía de la atención”, señalaba Dana Boyd, sin conocer a Hugo Chávez ni a sus herederos.
https://points.datasociety.net/@zephoria?source=post_page—–9fa1daca7a37———————-}

En el cine, una de las condiciones fundamentales para que una historia funcione es la capacidad del realizador para hacer que ocurra una mágica “suspensión de la incredulidad” en el espectador.

Es de imaginar que el éxito del mensaje del caudillo y su franquicia tuvo mucho que ver con la necesidad de sus seguidores de creer, simplemente de creer, como si se cree un mesías, en un encantador de serpientes en una feria de pueblo, o en un santero que promete milagros para burla la muerte.

https://www.rand.org/pubs/perspectives/PE198.html

En su artículo “El modelo ruso de propaganda «Manguera de fuego de la falsedad, Por qué podría funcionar y opciones para contrarrestarlo”, Christopher Paul y Miriam Matthews explican la efectividad de la desinformación:

“Primero, las personas son a menudo perezosas cognitivamente. Debido a la sobrecarga de información (especialmente en Internet), utilizan una serie de diferentes heurísticas y atajos para determinar si la nueva información es confiable”.

“En segundo lugar, las personas a menudo son perezosas a la hora de discriminar la información verdadera de la falsa, o de recordar que lo han hecho anteriormente”, explican.

En un fenómeno conocido como «efecto durmiente», las fuentes de baja credibilidad manifiestan un mayor impacto persuasivo con el paso del tiempo. Mientras que la gente hace evaluaciones iniciales de la credibilidad de una fuente, al recordar, la información a menudo se disocia de esa fuente.

“Por lo tanto, la información de una fuente cuestionable puede ser recordada como verdadera, con la fuente olvidada”.

“La información que inicialmente se supone válida, pero que posteriormente se retracta o se demuestra que es falsa, puede seguir moldeando la memoria de las personas e influir en su razonamiento”.

“Incluso cuando la gente es consciente de que algunas fuentes (como la retórica de las campañas políticas) tienen el potencial de contener información errónea, todavía muestran una pobre capacidad para discriminar entre información falsa e información correcta”.

“Los temas o mensajes familiares pueden ser atractivos incluso si estos temas y mensajes son falsos. La información que se relaciona con identidades de grupo o narrativas familiares -o que despierta emociones- puede ser particularmente persuasiva”.

Es decir, “es más probable que alguien acepte la información cuando es consistente con otros mensajes que la persona cree que son ciertos”.

La gente sufre de «sesgo de confirmación»: ven las noticias y opiniones que confirman las creencias existentes como más creíbles que otras noticias y opiniones, sin importar la calidad de los argumentos.

Alguien que ya está mal informado (es decir, que cree algo que no es cierto) es menos probable que acepte evidencia que vaya en contra de esas creencias mal informadas.

“Las historias o relatos que crean excitación emocional en el receptor (por ejemplo, asco, miedo, felicidad) son mucho más propensos a ser transmitidos, ya sea que sean verdaderos o no”.

Se parece tanto a Venezuela, donde según encuestas de Datos y Danatalisis, Hugo Chávez sigue siendo uno de los dos políticos de mayor recordación y apoyo.

El chavismo sigue tan vivo porque hay gente que cree que el problema no es de origen, sino de los herederos. No les interesa ni les importa contrastar evidencias que muestran como esta tragedia comenzó hace tiempo y apenas estamos siendo arrastrados por una ola gigante que se levantó en medio de la violencia.

Ya lo recalca la literatura: “los mensajes de rabia son más persuasivos para las audiencias enojadas”.

Por eso hay gente, chavista o no, esperando que surja otro caudillo capaz de interpretar esta rabia y de cambiar otras vez el destino a cañonazos, no les importa si los nuevos proyectiles son disparados desde destructores extranjeros anclados en el Caribe , o desde la azotea de una edificio.

“En lugar de pensar simplemente en la comunicación como la transmisión de información de una persona a otra, debemos reconocer que la comunicación desempeña un papel fundamental en la representación de las creencias compartidas”, dicen los autores de “Desorden de la Información”.

“No se trata sólo de información, sino de drama – «un retrato de las fuerzas contendientes en el mundo». El más `exitoso’ de los contenidos problemáticos es aquel que juega con las emociones de las personas, fomentando sentimientos de superioridad, ira o miedo”.

“Cuando la mayoría de las plataformas sociales están diseñadas para que la gente `se desempeñe’ públicamente a través de gustos, comentarios o acciones, es fácil entender por qué el contenido emocional viaja tan rápida y ampliamente, incluso cuando vemos una explosión de organizaciones que comprueban los hechos”.

Por eso, al menos en Venezuela, no basta el simple término “fake news” para explicar tanta acumulación de mentiras e irrealidades.

Acaso habrá que comenzar por reescribir esta historia reciente, desde el revisionismo, deconstruyendo a sus protagonistas y promotores. Tal vez solo así se encontraran herramientas para ir más allá de los discursos y alterar un futuro que amenaza con repetir y prolongar el pasado.

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