Poniendo a rodar una mentira

Luis Ernesto Blanco

El problema no es que alguien invente noticias. El problema es que a la gente le gusta creerlas y es muy fácil hacer que le lleguen.

Tal como afirma Jesús María Aguirre, “El fenómeno de la fakenews no es distinto de la difusión de las pseudoverdades referidas sobre todo a hechos noticiables”. Se trata de alguien que tiene la intención de generar mensajes falsos, descontextualizados, exagerados o simplemente sorprendentes, con el propósito de ganar audiencia, dinero o manipular a los receptores.

Así que no es difícil imaginar el auge de la distribución de noticias falsas debido a la enorme posibilidad que ahora existe de conectarlas con las personas indicadas para que se las crean.

Regálame un “like

Los contenidos que circulan en los guetos de redes que cada persona construye, son por lo general aquellos que refuerzan su manera de pensar, los gustos y los miedos. Entre finales de 2008 e inicios de 2009, Facebook realizó un pequeño ajuste a su interfaz y añadió el botón Like («me gusta») que permite mostrarle al mundo las preferencias de los usuarios. Cada «me gusta» va armando una base de datos acerca de la personalidad, gustos y creencias que, si es interpretada con precisión por los interesados en posicionar mensajes, permitirá dirigir contenidos, reales o no, al segmento de la audiencia que los creerá con mayor facilidad y también los compartirá con mucha más rapidez.

Para el creador del mensaje esa ecuación muchas veces significa dinero. Existen propietarios de portales y páginas de Facebook dedicadas a propagar cualquier cosa, desde recetas de cocina, consejos para la vida saludable, el cristianismo evangélico hasta los destinos de vacaciones. No importa el tema, lo que se trata es construir grandes audiencias y convertir esos clics en dinero, a través de la impresión de banners o de contenido patrocinado. Mucho menos importa si son ciertos, medias verdades, o simples inventos.

En momentos de crisis, como puede ser un atentado o una catástrofe, se generan unos picos enormes de tráfico en Internet. Los que sueltan fake news lo saben y están atentos a lo que pasa en el mundo. Si pueden ganar unos cientos de dólares por publicar mentiras relacionadas con el atentado que generen tráfico, y eso trae dinero, cualquier otra consideración les da igual. Es un margen de beneficio enorme que no tiene ningún medio de comunicación, así que da lo mismo que sea “la inminente renuncia del dictador” o el descubrimiento de una medicina natural contra el cáncer “que los laboratorios no quieren que se sepa”.

Interferir en la agenda

La gran preocupación en torno a las noticias falsas no está centrada en el clickbaits. A fin de cuentas se trata de una reproducción en el mundo digital de la vieja prensa amarillista y sensacionalista cuyo fin último era el entretenimiento y no precisamente formar opinión pública. El problema está cuando las noticias falsas son usadas como vehículo de manipulación política.

Las noticias falsas se distribuyen más rápidamente y tienen más alcance que las veraces. Además, se pueden destinar recursos importantes para lograr la inflexión entre una población indecisa y desinformada.

En campañas políticas como la presidencial de 2016 en Estados Unidos, que llevó a Donald Trump a la presidencia, o en la votación para decidir la permanencia o no de la Gran Bretaña dentro de la Comunidad Europea, la estrategia estaba centrada en los grupos de indecisos de poblaciones rurales que no están tan expuestos a información confirmada. Los contenidos falsos muy bien empaquetados hurgaban en sus miedos, confirmaban sus supuestos y con ejércitos de troles dedicados a posicionar los temas (Twitter), así como contenidos patrocinados dirigidos a una audiencia muy bien segmentada (Facebook), lograron imponer su verdad dentro de esa población.

En Venezuela, muchas veces vemos cómo pareciera que baja una instrucción: “hoy vamos contra fulano”. En los portales aparecen informaciones negativas sobre esa persona y se activan los ejércitos de troles y también los bots dedicados a compartir la información. El último eslabón lo constituyen los grupos de mensajería privados como Whatsapp y Telegram donde una persona comparte entre conocidos alguna información sin ser verificada. Al provenir de un miembro de su entorno cercano es mucho más susceptible de ser creída por los receptores y nuevamente seguir siendo compartida.

La desconfianza como problema

El resultado de crear guetos informativos a la carta dificulta la posibilidad de contrastar creencias y es un caldo de cultivo para la proliferación de los fake news, con lo cual es necesario insistir en que el internauta sea mínimamente desconfiado.

Pero hay que considerar que muchos usuarios consideran que Twitter, Whatsapp o Facebook, son medios y no canales de distribución. De producirse una decepción, de insistir en el escepticismo, se corre el riesgo de que se traduzca en una desconfianza en general de los medios de comunicación (al canal) y pudiera hacerlo concluir que da lo mismo intentar informarse. Las fake news también contaminan el canal para desconectar a los usuarios y los medios independientes deben estar atentos a eso, no solamente desmontando fake news, sino trabajando en construir confianza sobre su marca.

Infografía: Elsy Torres
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