Las “fake news”, virus de la democracia, cemento de las dictaduras

Casi todas las interpretaciones sobre el estado de la comunicación pública y el proceso de mundialización de la información, entre finales del siglo XX y el comienzo del XXI, gravitaban en torno a una queja recurrente: la relación asimétrica e impuesta que se había consolidado entre el emisor y el receptor en el ejercicio de la intermediación con el público en un contexto formalmente democrático.

Se criticaba la tutela de las grandes corporaciones informativas sobre los contenidos del debate político; el modelaje de los puntos de vista a partir de la instauración de intereses creados; la consolidación de una zona de impunidad en el cual unos empresarios acaudalados preservaban sus objetivos en detrimento del interés general, ejerciendo un arbitrio inconveniente sobre la opinión pública.

La revolución digital y las redes sociales han desencadenado una asombrosa transformación en el consumo de cultura e información que ha equilibrado las cargas en la interacción entre el emisor y el receptor en unos términos que no habrían podido ser imaginados poco antes. Ha convertido al público, también, en sujeto informativo y protagonista autónomo de los estados de opinión. Con el diagrama reticular de las comunicaciones de este siglo, la tiranía de los imperios informativos globales ha quedado, al menos, averiada, y se han producido daños graves, acaso decisivos, en el modelo de negocios de grandes empresas informativas y de entretenimiento tradicionales.  En este momento, lo habitual es que muchas de ellas puedan flotar, pero no estén navegando.

El control absoluto de la mercancía informativa en medios formales privados o públicos, vigente hasta la primera década del siglo, producía una certeza y una postura subordinada en la ciudadanía. Las cosas eran o no ciertas “porque eso salió en el periódico”. Estando en crisis la intermediación, la autopista informativa hoy se desplaza en procura de “audiencias”, y ha maximizado hasta lo impensable el ejercicio de la democracia en los espacios periodísticos, evidenciando con ello, aún más, la obsolescencia de los postulados y pronósticos marxistas en torno al futuro desarrollo de las sociedades.

El universo digital, sin embargo, encuentra en el “uno a uno” de las redes sociales un amplio universo para traficar con el ideal de la verdad, en favor de determinados poderes, o de determinados intereses, que no han dejado de existir sobre la tierra.

Potenciadas en un contexto que por definición les es amable, las “fake news” encuentran terreno fértil para morar como un virus abundante en el cuerpo vivo de la red. Se han convertido en el nuevo “enemigo público número uno” de la ética en el tratamiento de la información y la comprensión de la verdad, una responsabilidad social que ahora es compartida.

La dimensión religiosa de la información

En Venezuela las fake news encuentran un territorio perfecto para reproducirse en medio de la turbulencia crónica de la vida política y social del país de estos años.  En momentos particularmente turbulentos, como las crisis sociales de 2014 y 2017, su factura, frecuencia y su peligrosidad fueron temibles. Su radio de acción, hay que decirlo, sobrepasa con claridad el territorio de Nicolás Maduro y el chavismo para convertirse también en una moneda de intercambio frecuente en las pugnas entre las facciones de la Oposición.

Superando con mucho el hecho político para habitar otras zonas del campo informativo, los efectos de las fake news son tan potencialmente perniciosos que han traducido en la masificación de los departamentos de fact cheking y cotejo de datos en todos los emprendimientos informativos actuales. Una tendencia en correspondencia con lo que sucede en el resto del mundo.

Una realidad muy común en el marco de todas las sociedades actuales, las fakes news subsisten con suficiencia en las democracias, pero se constituyen con mucha frecuencia en instrumentos fortalecidos para fomentar realidades impuestas en los campos dictatoriales. Todo modelo de dominación con ambiciones de perpetuidad comprenderá que necesita disponer de un arsenal informativo que alimente el credo político y el control de la voluntad de las masas. La administración de la información es un objetivo clave en cualquier diagrama de poder, y con mucho más énfasis en aquellos confines donde muere la democracia, como es el caso de Venezuela.

El Estado revolucionario chavista –jamás decretado, pero una realidad existente—ha construido una muralla discursiva que atiende las exigencias de la irreversible circunstancia del libre flujo informativo. En lugar de empeñarse en forjar una inconducente realidad unidimensional – un entredicho incluso en la Cuba postcastrista actual—se trata de construir una interpretación emocional y religiosa a prueba de evidencias, una narrativa inalienable en la cual las consignas son repetidas como mantras para fortalecer los dogmas de fe.

En ese marco se fortalece en Venezuela la postverdad, otra tara muy común del fanatismo político contemporáneo, especie de corolario de las fake news: el morbo a partir del cual se cocinan los laboratorios, las tormentas con otros usuarios, las operaciones de opinión pública en las redes, la viralización de mentiras, el ataque artero a reputaciones, la construcción de expedientes inexistentes, el anuncio adelantado de fallecimientos y la judicialización de personas.

Paradójicamente, las fake news encuentran a una sociedad civil chavista replegada en torno a su propio credo, aparentemente resignada al derrumbe del proceso bolivariano, pero negada a asumir sus consecuencias frente a la Oposición.  Si en algún momento, hace unos años, era común escuchar a humoristas, escritores, periodistas, activistas o intelectuales del chavismo enfrentar a los medios de comunicación privados, o cuestionar la ética del aparato cultural de la sociedad democrática, hoy predomina un silencio amurallado en el cual claramente se ha prescindido de la interpretación moral de la razón.

En este contexto, el llamado a seguir emitiendo las matrices que sostienen la hegemonía chavista descansa en su aparato político militar. Un caldo mixto aderezado con mentiras, medias verdades, y algún aditivo que pueda ofrecer la cotidianidad. Es ahí donde la tragedia social es minimizada, donde las demandas políticas son distorsionadas, donde los datos que estorban son omitidos, y donde, a cambio, la realidad conoce un sórdido proceso de traducción simultánea sostenido por el credo revolucionario.

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