En fake news, sucesos y política son una misma fuente

La industria del bulo en el medio digital nos requiere tristes, deprimidos y paralizados, es decir, sumisos políticamente.

Es bien sabido que el fin último de una fake news, más que la desinformación, es apuntalar hacia la manipulación política con fines inconfesables que resienten severamente la convivencia democrática; de allí que las noticias de la fuente políticas constituyen en un alto porcentaje su radio de acción.

El inicio del mes de marzo sorprendió a los rastreadores de noticias falsas del Observatorio Venezolano de Fake News, OVFN, con varios bulos referidos a la fuente de sucesos o policial, algo inusual en un país con una alta carga de polaridad política.

¿Cómo interpretar el sorpresivo interés de los operadores de fake news por temas distintos al ámbito político, su fuente natural de actuación y de mayor rédito en su perverso interés por desinformar y manipular políticamente?

De la mano de reconocidos expertos exploremos algunas razones que pueden explicar este fenómeno, a la vez que encienden alertas en nuestra vida ciudadana.

El pánico es un objeto político

Frente a una fake news pensamos con el tronco, actuamos con las extremidades (generalmente las inferiores) y nos arrepentimos con la cabeza. Su próspera industria desvirtúa el oficio periodístico a la vez que nos arrincona a un mundo de absoluta desarticulación política donde resulta imposible la convivencia democrática.

La materia prima de la perversa industria de la fake news es el pánico que, a fin de cuentas, guarda estrecha relación con el tema político. No olvidemos que la seguridad forma parte de los temas centrales de la agenda ciudadana venezolana y en el contexto global por igual. Durante mucho tiempo fue el ítem número uno de las preocupaciones del venezolano promedio, modificada levemente por temas coyunturales como, por ejemplo, la COVID-19.

No obstante, interesante resultan las explicaciones que sobre este pánico nos ofrecen autores como David Alandete (2018) (¿Integrado?) y el apocalíptico Jaron Lanier (2018).

El periodismo en el ojo del huracán

En su acucioso texto Fake news: la nueva arma de destrucción masiva, David Alandete cita el formidable estudio desarrollado por el Instituto de Tecnología de Massachussetts (Massachusetts Institute of Technology, MIT) donde se analizaron 126.000 noticias falsas publicadas en Twitter desde 2006 hasta 2017, con mensajes que llegaron a 3 millones de usuarios en 4,5 millones de ocasiones. Las conclusiones del estudio, publicado íntegramente en la revista Science y titulado La difusión de noticias verdaderas y falsas online, revelan que una noticia falsa llega seis veces más rápido que otra verdadera.

Los autores señalan que ello sucede en todos los campos, como finanzas, ciencia y tecnología, pero sobre todo en el de la información política. “Las noticias falsas sobre política se difunden de forma más profunda y mayor, llegando a más gente, y son más virales que cualquier otra categoría de información falsa”. Lo que evidencia que la mentira viaja más rápido y llega más lejos que las noticias reales.

Pero la desinformación no surge de la nada: contiene muchos elementos de verdad, se alimenta de hechos aislados, manipula fuentes, descontextualiza sucesos y abusa de los supuestos. Y en esto opera un entramado donde el negocio digital y los patrones de la conducta humana terminan siendo un coctel explosivo.

Alandete cita un informe de un grupo de ingenieros de la universidad estadounidense de Columbia (Columbia University) y el Instituto Nacional Francés (Institut de France), donde se revela que la gran mayoría de los lectores en internet comparte enlaces en las plataformas sociales sin haber leído el texto de la noticia previamente.

Para ello analizaron durante un mes 59.088 enlaces a informaciones que fueron compartidos 2,8 millones de veces en Twitter y detectaron que 59 por ciento ni siquiera llega a abrir el vínculo adjunto en el mensaje. De sus análisis, los autores extraen la conclusión de que una mentira tiende a ser compartida en las redes sociales 70 por ciento más que una verdad.

“De esa práctica surge un espacio a medio caballo entre la verdad y la mentira que algún avezado profesional de los medios de propaganda rusa ha descrito como «realidad alternativa»”, concluye el autor.

La culpa es del ciego

No olvidemos que el entorno digital está mediatizado por algoritmos protegidos por las leyes intelectuales que rastrean clics útiles a la industria publicitaria. Fácil resulta concluir que en la difusión de noticias falsas no es responsabilidad exclusiva de las plataformas digitales. Los algoritmos de estas responden a un patrón de conducta humana que tiende a favorecer la reacción inmediata que producen titulares e imágenes sensacionalistas e impactantes.

Esto indica que, al contrario de lo que muchos creen, las noticias falsas se extienden más lejos, más rápido, más profundo y más ampliamente que la verdad porque es más probable que los humanos y no los robots, las propaguen. Según los autores del estudio del MIT, «las políticas de contención de la desinformación deberían poner énfasis en programas de conducta, como etiquetado y promoción de noticias, en lugar de centrarse exclusivamente en poner coto a los bots».

En la explicación de este comportamiento los autores coinciden en señalar dos factores intrínsecos al periodismo: el factor novedad y el pernicioso afán de la primicia. Explotar la novedad es una vieja recomendación del periodismo que sigue presente en nuestra práctica. «La novedad atrae la atención humana, contribuye a la toma de decisiones y anima a compartir la información”, sentencia el informe del MIT.

La seducción por “el tubazo” no solo atrapa a los periodistas, los usuarios por igual se sienten gratificados al difundir y compartir información que en apariencia solo ellos poseen y los presenta ante su comunidad como ciudadanos informados, con acceso a secretos hasta entonces ocultos.

Una sociedad deprimida

Por su parte, Jaron Lanier expone que las emociones negativas como el miedo y la ira se desbordan con mayor facilidad y nos embargan durante más tiempo que las positivas. Se tarda más en generar confianza que en perderla. Las respuestas reflejas se producen en cuestión de segundos, mientras que puede llevar horas recuperar la calma.

“Puesto que la estrategia central del modelo de negocio consiste en hacer que el sistema se adapte automáticamente para maximizar nuestra captación, y puesto que es más fácil utilizar las emociones negativas, parece evidente que un sistema de este tipo tenderá a encontrar la manera de hacernos sentir mal”, concluye.

Desde luego que el modelo contempla contrapeso, de allí que sea recomendable repartir emociones positivas. “También repartirá alegrías ocasionales entre tanto abatimiento, ya que el piloto automático que juega con nuestras emociones descubrirá que el contraste entre las recompensas y los castigos es más efectivo que hacer uso solo de uno de ello”.

La emergente industria publicitaria en el ámbito digital descansa y depende de los clics que los usuarios reparten como Hansen y Gretel en su trajinar, donde las emociones más espontáneas ayudan al rastreo de gustos, deseos y necesidades. Demostrado está que las emociones más primarias y fáciles son las negativas. He allí el parte del negocio.

El pánico inmoviliza, desarticula y aísla, elementos necesarios para generar sumisión y resignación; receta perfecta para el control político.   

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