El chavismo y la historia como dibujo libre

Muchos son los cambios que el chavismo impuso en la historia oficial, sin embargo, frente a la falta de explicaciones plausibles, lo inoportuno de esas modificaciones no solo parecieran obedecer a una pretensión por cambiar el pasado, también a un sentido de improvisación ante ciudadanos a los que consideran incapaces de comprender

—¿Y tú qué haces? Digo, a qué te dedicas, pues.

—Soy profesor de historia de Venezuela.

—¡Ah, historia! Tan manipulada por esta gente que nos desgobierna —dice mientras frunce el ceño—. ¿Viste lo que hicieron en la Fajardo?

—Que le cambiaron el nombre, ¿no?

—Sí, ahora se llama Gran Cacique Guaicaipuro, vaya estupidez, como que si con eso arreglarán todos los huecos y averías que tiene la autopista.

La conversación la sostienen dos personas que se acaban de conocer, mientras esperan subirse a la camioneta en la parada de Palo Verde, un martes a las 7:00 am. No es un aula de clases ni una sala de conferencias. Es una parada de autobús la que sirve de escenario para un dialogo sobre el pasado. Muestra de que a una sociedad consciente y crítica de su pasado no le pueden manipular su historia.

Ese, en la práctica, ha sido el objetivo del Centro Nacional de Historia, institución creada por el expresidente Hugo Chávez en el año 2007, con el propósito de ser “rectora de la política del Estado venezolano en todo lo concerniente al conocimiento, investigación, resguardo y difusión de la historia nacional y la memoria colectiva del pueblo venezolano”, según apunta la presentación de su web.

El historiador Elías Pino Iturrieta dice al respecto: “Hugo Chávez creó el Centro Nacional de Historia con el propósito de convertirlo en tutor y rector de la memoria nacional. Eso es gravísimo, por el hecho de que se quiere imponer por disposición legal una lectura unilateral, exclusiva y excluyente del pasado”. La crítica y el debate son fundamentales para la comprensión de la historia, sin buenos ni malos.

La república con apellido

Al asumir la presidencia, en febrero de 1999, Hugo Chávez cumplió su primera promesa: hacer el llamado para conformar una Asamblea Nacional Constituyente que refundara el Estado y diera paso a la quinta república. Sin embargo, la división entre primera, segunda, tercera y cuarta república es una herramienta pedagógica que la historiografía utilizó para el estudio del pasado. Nada tiene que ver con la realidad, pues desde el 5 de julio de 1811 solo ha existido una única república.

A diferencia de sus predecesoras, la Constitución de 1999 contempló el cambio de nombre del país. Venezuela pasó de ser una república a secas a tener el apelativo “bolivariana”. El primer síntoma de que las cosas no andarían bien en los años venideros. El cambio de nombre, en la opinión de varios historiadores, se debió a la intención política de romper con el pasado inmediato y someter lo designios del país al culto a un hombre, a la imagen tergiversada e interesada de Simón Bolívar. 

En marzo de 2006 se sumó una octava estrella a la bandera, en representación de la Provincia de Guayana, bajo la supuesta justificación de que así lo había dispuesto El Libertador en 1817. El escudo también sufrió cambios notorios: la incorporación de un kayak, un arco, una flecha y un machete como símbolos indígenas y campesinos; la anexión de 4 espigas por los nuevos estados y el cambio de postura del caballo, que pasó de mirar a la derecha para ir de frente hacia la izquierda.

Un año después, en 2007, a propósito de la reconversión monetaria que fue declarada por Chávez por medio de su Ley Habilitante –y la cual le suprimió tres ceros al bolívar– se procedió al rediseño de billetes y monedas, develando el nuevo panteón de héroes y heroínas: Francisco de Miranda en el de 2 bolívares, Pedro Camejo, «Negro Primero», en el de 5, Guaicaipuro en el de 10, Luisa Cáceres de Arismendi en el de 20, Simón Rodríguez en el de 50 y Simón Bolívar en el de 100.

Muchos héroes, un solo culto

La premisa del Centro Nacional de Historia es una historiografía insurgente, que antepone como protagonistas a lo que ellos consideran que han sido los sectores vulnerados y olvidados a lo largo de los más de 500 años de historia venezolana. Indios, afroamericanos y mujeres se convirtieron en los cánones para la construcción y diseño de nuevos héroes y heroínas en la reinterpretación de un pasado que justifica las acciones que ejecuta la triada Estado, gobierno y partido.

Pero las críticas hacia la vieja historiografía patria solo se enfocan en ciertos aspectos nada más. La figura de Simón Bolívar continúa siendo, como lo ha sido desde mediados del siglo XIX, el epicentro del discurso que emana desde el Estado. La historia de Venezuela camina detrás de su caballo y en tiempos de la revolución bolivariana más que nunca. La nueva historia oficial repite el discurso canónico de la vieja Academia Nacional de la Historia, adaptado a la realidad del siglo XXI.

No todo es inclusión dentro del oficialismo, también hay exclusión y omisiones interesadas, no sólo de pensamientos y pasajes del Libertador, sino de figuras que, a juicio de reconocidos historiadores, fueron cruciales durante el proceso de construcción de la república. Uno de los olvidos más evidentes es el de José Antonio Páez, responsable de la restauración de la República de Venezuela en 1830 y líder militar irrestricto durante la guerra de independencia contra la Corona hispana.

La historia como dibujo libre

Al estar sujeta a las directrices del Estado, la enseñanza de la historia de Venezuela también ha entrado en la esfera de la revolución. Los manuales escolares tradicionales fueron sustituidos por la llamada Colección Bicentenario, donde el tratamiento desequilibrado del pasado resalta como el principal problema pedagógico que han señalado profesores y estudiantes. Desde primaria hasta bachillerato son comunes las referencias anacrónicas de Chávez junto a Bolívar.

La ciudadanía tampoco se ha salvado de la imposición de una historia maniquea: cambios de fecha, como el del Día de la Bandera, que pasó del 12 de marzo al 3 de agosto, de nombres como el del Día de la Raza a Día de la Resistencia Indígena, llenan el calendario oficialista. A eso se le añade la sustitución de estatuas y monumentos conmemorativos, como el del León de Caracas por la figura de una indígena, Apacuana, con rasgos físicos exagerados y evidentemente manipulados.

El cambio de nombre del estado Vargas por La Guaira y de la autopista Francisco Fajardo por Gran Cacique Guaicaipuro son las acciones más recientes del gobierno venezolano en su afán de cambiar la historia. Frente a la falta de explicaciones plausibles, lo inoportuno de esos cambios parecieran obedecer más a un sentido de improvisación que a una pretensión totalitaria, tal es el caso de la novena estrella, como símbolo de la Provincia de Maracaibo, que se le quiere anexar a la bandera.

Lejos de reivindicar a los indígenas y a los sectores de los que alardean en sus discursos, a veces estas modificaciones, claramente políticas, responden al repudio que tanto Chávez, como su sucesor, Nicolás Maduro, han manifestado en contra de los 40 años de democracia, vividos en el país en la segunda mitad del siglo XX. Se trata del relato cargado de desprestigio al pasado inmediato y que apela a la memoria y no a la historia, coloreando a esta como si se tratara de un dibujo libre.

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