¿Cómo la desinformación socava la democracia?

¿Cómo la desinformación socava la democracia?

FLORANTONIA SINGER

Las noticias falsas vulneran el derecho de las audiencias a estar informadas y a participar en el debate de los asuntos públicos. Más que convencer sobre una verdad, los bulos, en su mayoría, tienen como objetivo quebrar la credibilidad en los medios

Los apagones eléctricos prolongados de este año dejaron una postal apocalíptica. En Caracas, los “buscadores de señal” se quedaban detenidos en las autopistas con las luces de emergencia de sus carros encendidas y sus teléfonos en las manos tratando de conectarse, tratando de saber. En el interior del país hubo quienes viajaron a diario a otro estado para enterarse de lo que había ocurrido ese día. 

La escena pone en relieve el carácter vital de la información y lo frágil que se vuelve una sociedad cuando no puede acceder a ella. Y la desinformación, que entre sus formas más recurrentes tiene a las noticias falsas, pone una venda en los ojos a los ciudadanos y vulnera el acceso a la información y su derecho a la participación política en el debate de los asuntos públicos. Como en una cadena, la difusión de noticias falsas, sumadas a otras estrategias como la manipulación de algoritmos para privilegiar informaciones sobre otras, el uso de bots y trolls para contaminar la discusión pública y el acoso en línea van en detrimento del derecho a acceder a una información veraz y confiable, una garantía de la libertad de expresión y opinión, de muchas que se pueden derivar de esta. 

“Los regímenes autoritarios tienden a usar las teorías de la conspiración y las noticias falsas como parte de sus herramientas de propaganda, pero no para convencer a las audiencias de esa realidad informativa sino para tratar de convencer de que los medios no funcionan, que los periodistas no hacen su tarea, y que todo lo que se difunde a través de los medios es o puede ser falso. Así dinamitan la credibilidad de los medios”, explica Iria Puyosa, consultora en comunicación política e investigadora del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de la Universidad de Brown, en Estados Unidos. 

La noticia falsa que corrió en 2017 de la supuesta muerte en la cárcel de Ramo Verde del dirigente político Leopoldo López fue, en opinión de Puyosa, un bulo clásico replicado por un periodista de cierta credibilidad en sus redes sociales y que fue soltado con la intención de confundir en un momento en que la sociedad venezolana es dependiente de lo que circula en la web. Los medios tradicionales han desaparecido, más de 55 periódicos han dejado de circular por falta de papel e insumos, en cinco estados del país no hay ningún medio independiente y la televisión y la radio tienen un férreo control del Estado que los ha llevado a la autocensura y en algunos casos a la evasión de la realidad. La hegemonía comunicacional también está hecha de desinformación. Con la difusión de un video de López como fe de vida, finalmente el gobierno impuso su verdad y creó desconfianza en los medios. 

Entre otras noticias falsas que han tenido incidencia política, la especialista recuerda la de la enfermera que supuestamente vio a Chávez caminando en el Hospital Militar semanas antes de morir de cáncer, la fotografía del líder de la revolución durante su convalecencia en Cuba leyendo el diario Gramma junto a sus hijas y la supuesta quema de varios CDI por parte de seguidores de Henrique Capriles Radonski, luego de las sobrevenidas elecciones de abril de 2013 en las que Nicolás Maduro fue electo presidente. “Siempre buscan dar una visión imprecisa de los acontecimientos, son historias complicadas, emocionantes, que llegan a las audiencias”, apunta Puyosa sobre una de las características de las noticias falsas, piezas que tienen un 70% de más probabilidades de ser retuiteadas que las reales, según demostró el Instituto Tecnológico de Massachusetts en una investigación publicada el año pasado. 

La abogada Marianne Díaz, activista de derechos digitales y fundadora de la ONG Acceso Libre, suma toda la “cobertura” oficial a la crisis eléctrica de este año, atribuida a un ataque electromagnético desde Estados Unidos, como ejemplo reciente del uso reiterado de esta estrategia por parte del gobierno venezolano y lanza una advertencia: “En este tipo de entornos, un ciudadano puede tomar decisiones erradas basándose en información falsa, y esto abarca no solo a decisiones de voto o específicamente del contexto electoral, sino también a decisiones económicas o familiares que pueden afectar su vida y su participación en la sociedad”. 

Discriminación y radicalismo 

Lo perjudicial de esta práctica global para las democracias, que en Venezuela se ha convertido casi en una política de Estado, ha llevado a declaraciones conjuntas como las que las Relatorías de Libertad de Expresión de las Naciones Unidas, la Organización para la Seguridad y Cooperación de Europa, la Organización de Estados Americanos y la Comisión Africana de Derechos Humanos y Pueblos hicieron en 2017. El documento señala que las fake news, y la desinformación en general, instigan a la discriminación o la hostilidad hacia grupos de la sociedad. 

Esta particularidad de la desinformación es una de las que más preocupa al activista de derechos humanos Jo D’Elía, de la ONG Civilis, en el contexto venezolano actual, con el país sumido en una emergencia humanitaria compleja. Se trata del uso de la verdad oficial como un mecanismo de exclusión, como filtro social. “No es tan importante qué tanto pueda creerse esa verdad sino la línea que traza sobre lo que acepta el Estado como verdad y mientras no me hables con mi verdad oficial, te voy a desconocer, te voy a excluir o te voy a atacar, porque te considero opuesto a mí. Es un límite para exponer a la gente o a la comunidad internacional y ver hasta dónde están dispuestos a llegar, dejando de lado la resolución de los problemas de la gente”. 

La censura y opacidad estatal han contribuido a oscurecer el panorama y a abonar el terreno para las noticias falsas. D’Elía añade que el no acceso a la información pública en el país, donde no se publica desde 2016 casi ninguna estadística de interés en áreas de economía, política, salud, desempeño institucional, rendición de cuentas y otros indicadores que permiten controlar y evaluar el ejercicio del poder, aumenta el desamparo de la población que no tiene manera de comprender lo que está ocurriendo ni ubicar la ayuda que necesita. “No puede saber si el Estado está ejecutando alguna política, tampoco puede reclamar no tenerla, ni conocer de qué manera puede ser beneficiado”. 

Pero Puyosa advierte otra consecuencia, que también puede convertirse en un lastre para la democracia. “El entorno de la desinformación produce una rotura de la esfera pública, que hace que la gente se quede en enclaves deliberativos muy pequeños, donde refuerza su identidad y se fomentan posiciones radicales que dañan el espacio que necesitamos para generar consensos y el intercambio de ideas tan necesario en esta coyuntura del país”.

¿Hay vacuna para la desinformación?

Las noticias falsas son un virus para el que no hay curas definitivas. “Es un error creer que este tipo de contenido puede censurarse y que esto sería una solución al fenómeno; por el contrario, es necesario garantizar que los ciudadanos cuenten con la información suficiente para poder tomar decisiones informadas, distinguir las señales que indican que cierto contenido es falso o no es confiable, y responder adecuadamente”, alerta Marianne Díaz, que en junio fue reconocida como Heroína de Derechos Humanos por la organización internacional Access Now.

Este es uno de los principios que ratifica la Declaración conjunta sobre Libertad de Expresión y «Noticias Falsas» («Fake News»), Desinformación y Propaganda, emitida por expertos para la libertad de expresión de la ONU, OSCE, CIDH y la Comisión Africana de Derechos Humanos en 2017. Además de la educación digital, Díaz pone la mayor responsabilidad en los medios de comunicación. “El verdadero reto es que es que recuperen su lugar, no como gatekeepers, sino como garantes de la veracidad de la información, de un modo en que los ciudadanos puedan confiar de nuevo en ellos en lugar de tomarse por igualmente válida cualquier pieza de información recibida en internet. Así como ciertos periodistas y líderes de información en las redes sociales han ganado a pulso su reputación individual, así los medios de comunicación tienen la tarea de forjarse de nuevo la reputación y ganarse la confianza de sus usuarios”. 

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